Obama, presidente de los EEUU, declaró apenas ayer que “He perdido el contacto directo con la gente”, deplorando la perdida de la mayoría del Senado con los resultados de unas elecciones en Massachusetts. Gran verdad, y verdad extensiva para otros aspectos, esto es, sus promesas electoreras de paz ahora convertidas en guerra. El hombre rumió que los republicanos le ganasen esgrimiendo las mismas razones que lo llevaron a él a la presidencia, y pronuncia, tristemente, la expresión de que el pueblo está “enfadado”. ¡Vaya redundancia! Eso en su primer año de gobierno. Proyéctese una regla de tres y se obtendrá el final de muchas cosas hacia el término de su mandato. Es el presidente de un paradigma político en bancarrota, degenerante, degenerado y en degeneración. Es una figura del paisaje en la Casa Blanca, teórica y funcional pieza de un sistema, cultivadora de barrotes. Así, pues, tenemos que los pueblos eligen a sus presidentes, y las cúpulas del poder político y las oligarquías los secuestran, suponiendo, claro, que esos presidente en algún momento lo lamenten con sinceridad.
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